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SALUD

Running: contra la moda
del deporte políticamente correcto (I)

Publicado en Europa Soberana Blog
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Un tío, llamémoslo Antonio, es convencido por un amigo y compañero de trabajo de entrenar con él. El deporte en cuestión es sencillo: LSD (long slow distance, o distancia larga y lenta). No correr sprints rápidos, cortos y violentos, o un circuito elaborado, con obstáculos, cambios de ritmo y de dirección para ejercitar mejor todas las posibilidades del cuerpo humano, sino algo más simple: una monótona carrera continua de unos 50 minutos, casi todos los días de la semana. Este deporte también es barato, aunque últimamente no tanto: mallas, zapatillas de cross, impermeable reflectante, camiseta transpirable, pulsómetro, GPS, cronómetro, bebidas isotónicas, gafas de sol, una funda en el brazo para el iPod, puede que una visera… A ese deporte lo llaman "running".

Deberían llamarlo carrera autista monótono-repetitiva... o Síndrome de Forrest Gump.

Al principio Antonio no aguanta hasta el final de la carrera y hay varios tramos en los que tiene que caminar e incluso pararse y doblarse a respirar. El pecho le estalla, las piernas le arden y las agujetas los días siguientes son infernales. Hay veces que se le nubla un poco la vista y le entran náuseas, o hasta se le descompone el vientre. Pero tras un par de semanas, es evidente que progresa. A no mucho tardar, Antonio estará participando en medias maratones, maratones y competiciones de cross. Ahora se siente sano y en forma: hay algo que se le da bien y que disfruta. Las endorfinas generadas por este ejercicio lo tienen adicto, enganchado, anestesiado, colocado. Si no puede ir a correr, sufre y se inquieta, como un yonqui al que le han negado el chute. Ir a correr se ha convertido para Antonio en un medio para obtener su dosis de endorfinas.

 Un buen día, Antonio recibe en su móvil una invitación. Los antiguos compañeros de clase del instituto van a quedar para jugar un partido de fútbol y después salir a cenar. Antonio acude encantado, en parte deseoso de mostrar sus progresos físicos. Pero durante el partido, enseguida se da cuenta de que no va a ser capaz de aguantar los 90 minutos de juego. Esos cambios súbitos de ritmo y de dirección le hacen trizas sus fibras, que crujen con cada apretón muscular; esas explosiones agresivas lo dejan reventado. Su pulso y frecuencia respiratoria se disparan, él que pensaba que estaba "cardiovascularmente en forma". En los descansos, se atiborra a bebidas isotónicas. En cambio, todos sus compañeros —la mayoría de los cuales son más grandes que él, incluso alguno es algo gordo— aguantan el partido sin muchos problemas. Sudando, respirando, colorados… pero manteniendo el tipo. Antonio se da cuenta de que ha pasado demasiado tiempo —¡años!― sin hacer ni un solo movimiento violento y amenazador con su cuerpo. Lleva demasiado tiempo sin huir y sin perseguir. Sin atacar y sin defender. Cegado por la moda, Antonio ha olvidado que la Naturaleza es un mundo de lucha y acecho, de estallidos súbitos de ferocidad, de enganches llenos de rabia y adrenalina, de cambios bruscos de dirección y de ritmo, y de choques violentos a vida o muerte, seguidos siempre por descansos. Un mundo donde la carrera continua no tiene lugar salvo como rara excepción. Y que aquellos que no siguen las exigencias de la Naturaleza, lo pagan con la degeneración psicofisiológica de su organismo.

Antonio hace memoria. Cuando estaba en el instituto, subía las escaleras de su piso de tres en tres y hasta de cuatro en cuatro, igual que al bajar. Ahora, escaleras arriba, sus tejidos musculares reactivos-amortiguadores no se contraen con la rapidez y la violencia que necesita, ya no detecta ese espasmo nervioso en sus fibras, y escaleras abajo su cerebro hace que sus pies se posen con "grima", con miedo, porque todo el golpe se lo come la rodilla… una rodilla cada vez más indefensa, huesuda y seca desde que el cartílago de la rótula está sufriendo un lento pero alarmante desgaste, los tendones se encuentran inflamados y la musculatura protectora de la rodilla, "estrujadora" de la articulación, es casi inexistente. Un día, coge la bicicleta de su novia y nota mucha falta de "nervio" en sus piernas. Es incapaz de dar una coz en condiciones. Otros síntomas inquietantes son una libido baja y las manos frías. Hecho un lío, se mete en Internet a ver si encuentra información sobre lo que le ha pasado… y la encuentra: ha contraído una condición llamada en la Anglosfera Chronic Cardio Syndrome. Tras algunas semanas de lecturas y dudas, Antonio resolverá abandonar definitivamente la carrera continua y se apuntará a crossfit y luego a artes marciales, a la vez que practica calistenia en un parque.

 Pablo es militar, y de Infantería Ligera, para más señas, y de la Brigada Paracaidista, para más señas aun. Eso significa que —además de recibir duros impactos en las articulaciones cada vez que aterriza con el paracaidas— cinco días a la semana como poco, Pablo corre, a un ritmo muy fuerte, durante una hora cada mañana, sin la preparación profesional y técnica necesaria para soportar este demencial entrenamiento. Él se toma el asunto en serio: corre en ayunas, su dieta es más bien baja en calorías y se escapa los fines de semana, y también alguna tarde, para correr solo o con algún compañero. Enseguida se hace apreciado y respetado en su unidad por su dureza en la carrera continua.

Pero no todas las consecuencias de este aberrante entrenamiento son positivas. Pablo mide cerca del metro noventa y siempre había tenido una postura erguida y sólida, de haber practicado varios deportes. Ahora, de constitución delgada y postura desgarbada y jorobada, tiene algo de chepa. Su pecho y sus hombros se han ido cerrando y hundiendo sobre el vientre como consecuencia de los vicios posturales de la carrera continua: correr inclinado hacia adelante para no perder inercia. ¿Está convirtiéndose Pablo en un bicho-bola? Ahora, con los hombros bloqueados, las manos se le quedan blancas y frías a la mínima. No importa, los días de frío, Pablo se pone guantes para correr. Su cuerpo despide vapor en el gélido aire matutino, dándole confianza: "este metabolismo funciona", piensa, a pesar de todo, mientras la nieve prácticamente se funde bajo sus pasos. No pierde ocasión de apuntarse a maratones y travesías —ni mucho menos de subir a su Facebook las fotos de dichos eventos y sus diversos parámetros: distancia corrida, calorías teóricamente quemadas, velocidad media, tiempo realizado...

Obsesionado con amortiguar el impacto de cada paso, Pablo compra todo género de plantillas amortiguadoras y zapatillas con suela de gel. Con ello lo que consigue es sabotear su propio sistema amortiguador, que debería basarse en aterrizar sobre la bola de la planta del pie y dispersar el impacto hacia el tendón de Aquiles, los gemelos y los glúteos, es decir, la parte posterior del cuerpo. En lugar de ello, levanta la puntera, aterriza sobre el talón y se le tiende a cargar más la parte de delante del cuerpo: tibiales, psoas ilíaco, cuádriceps, rodillas. Los gemelos y los glúteos se le van desactivando.

Un día, durante unas maniobras en el campo, a Pablo le toca cargar con la ametralladora, ya que el tirador habitual está de baja en casa convaleciente de una operación de rodilla. En el tema de combate que se desarrolla, su jefe le ordena realizar un salto hacia una elevada loma, situada a un flanco del avance, para apoyar a su unidad. Decidido, encantado de entrar en escena y de poder disfutar de unos momentos de gloria, Pablo sale con intención de esprintar, y en la primera salida en frío, le crujen todas las fibras de las piernas. A los dos segundos, nota que no está preparado para este tipo de salida. Sus piernas no se levantan y no dan la coz necesaria en el suelo. Se niegan a dar zancadas largas y agresivas aunque su cerebro se lo ordene, limitándose a dar mediocres y graciosos pasitos de trote cochinero. El equipo de Pablo —que entre casco, mochila, chaleco antibalas con bolsillos tácticos, cantimplora, riñonera, rodilleras y armamento supera fácilmente los 20 kg— bota arriba y abajo con cada pasito, casi cómicamente, pero lo malo es que también todo su sistema articulatorio recibe el mismo golpeteo vertical. Para colmo, la rodilla y el psoas iliaco suenan crujientes, como si alguien estuviese intentando tocar la guitarra con una cesta de mimbres. Pablo considera que, si bajase el ritmo, podría aguantar la carrera durante media hora o más, pero en cuanto le inyecta algo de agresividad al movimiento, todas sus constantes vitales se salen de madre y algo no carbura bien en su pecho. "Estos 200 metros no van a ser tan sencillos; tanto entrenamiento de carrera, pero ahora no voy tan sobrado", le da tiempo a pensar mientras contrae el rostro en una mueca descompuesta y comienza a subir la cuesta.

El cuerpo a tierra lo hace ya reventado, casi con grima de tocar la tierra, y rezando por no tener que reptar, rodar, gatear o incorporarse de nuevo —el simple hecho de ponerse en pie con violencia lo rematará definitivamente y le hará crujir hasta la última fibra de su cuerpo. En unos segundos, su proveedor de munición hace cuerpo a tierra a su lado; está fatigado, pero no tanto, a pesar de haber tenido que cargar con más peso y de no ser tan brillante como su compañero en la carrera continua. Juntos, preparan la máquina para la acción. La respiración y las pulsaciones disparadas de Pablo le impiden hacer un tiro muy preciso. "No me vendría nada mal haber practicado apnea", piensa, ya de paso.

Pero los límites operativos de Pablo —que son, a la vez, un problema de seguridad nacional española— no se circunscriben a esto. En la pista de obstáculos no da la talla. En el centro de instrucción, fue de los más rápidos en pasarla, pero ahora en muchos obstáculos le falta decisión, su mente es incapaz de comunicársela a su cuerpo, que se ha acostumbrado a agachar la cabeza y a correr repetitivamente como un esclavo, sin pensar, con un recorrido mínimo de pierna. A la hora de hacer flexiones o dominadas, Pablo es un cero a la izquierda. En las pruebas físicas anuales, su marca del sprint de 50 metros está en el límite de lo aceptable, y lo hace con una técnica ridícula, casi como si fuese incapaz de levantar las rodillas o estirar una coz hacia atrás. Su marca en el circuito de agilidad, con los tobillos al límite, tampoco es precisamente para echar cohetes. Sin embargo, en los 6 kilómetros hace 21 minutos, de modo que su cerebro da carpetazo al asunto: "estoy en forma", sentencia.

 En las duras marchas, los tibiales se le cargan muchísimo y es obvio que otros compañeros suyos que no son tan buenos en la carrera continua, van en cambio más desahogados en las pateadas. Pablo no puede evitar repetirse de nuevo: "Tanto entrenamiento de carrera, pero pateando no voy tan sobrado". Una tarde, se acerca al saco de boxeo del gimnasio mientras no hay nadie, y empieza a soltarle golpes y patadas. Ya no tiene imaginación alguna a la hora de empalmar combinaciones de puño, y sus piernas carecen ya de flexibilidad, cuando hace unos años era capaz de meterle los dedos de los pies en la boca a un contrincante de su misma altura. Para colmo, se desfonda enseguida, incapaz de aguantar el tiempo de un asalto. Ahora su cerebro repite la frase de antes, pero esta vez entre signos de interrogación: "¿estoy en forma?". Comienza a añorar los tiempos en los que su cuerpo era más guerrero.



Los aterrizajes en paracaídas son tremendos porque su rodilla, cada vez más escuálida, seca, con poco cartílago, poco lubricada y carente de musculatura protectora y amortiguadora-reactiva, se lleva impactos brutales. Juan pronto contrae una tendinitis de rodilla. Le entra un escalofrío: esta lesión suele ser el preludio de algo mucho más grave. Las palabras "operación", "baja", "cortar" e "infiltraciones" le cruzan por la mente. Asustado, se atiborra de antiinflamatorios, incluso lleva cajas enteras a las maniobras y los ingiere por la noche en la soledad de su tienda de campaña. Este producto parece ayudarle a superar su agonía, aunque sus efectos intestinales no son lo más deseable y encima se produce una relajación de la musculatura amortiguadora del cuerpo, aquella que absorbe los golpes. El tozudo soldado parece haberse olvidado de que los síntomas negativos están ahí para llamarnos la atención sobre algo que estamos haciendo mal y que hay que corregir antes de que sea demasiado tarde, no para ser silenciados como si el único problema fuese el síntoma en sí.

Pablo aun no lo sabe, pero no tendrá tanta suerte como Antonio. Su cabezonería de soldado le perderá, y su soberbia atlética le impedirá preguntarse si todo ese sacrificio, todo ese sufrimiento físico en la carrera continua, no era más que una cómoda huida hacia adelante. Pablo se hará infiltraciones que relajarán totalmente la musculatura amortiguadora de sus rodillas (dándole una sensación de anti-inflamación y de ausencia de dolor), pero esto a la vez hará que sus rodillas se coman directamente todos los impactos y que sus cartílagos se queden en nada. De aquí a unas décadas, Pablo tendrá artritis en los dedos y será capaz de predecir el tiempo de mañana según el tipo de dolor que le llegue de las rodillas. Medio cojo e incapacitado para cualquier esfuerzo deportivo serio, perderá toda forma física y tendrá una madurez incómoda y una vejez dolorosa, con encorvamiento y graves problemas de espalda.

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Tanto Antonio como Pablo fueron víctimas de una moda absurda. Una inercia social descerebrada. Una abstracción oscurantista. Una superstición peligrosa. Una mera teoría: la teoría de que si "corres", vas a ser más sano y más duro. La falacia de que el maratoniano representa el cuerpo más operativo y funcional al que un ser humano en general y un combatiente en particular puede aspirar. La mentira de que la cantidad de kilómetros que seas capaz de correr al mes determina tu preparación física. Y es que en los últimos años, ha crecido la cantidad de individuos que deciden levantarse y empezar a hacer deporte. Buena parte de ellos, sin embargo, han sido absorbidos por esta perniciosa moda deportiva llamada running —la carrera continua de toda la vida. Hoy, si te apetece "ponerte en forma", sales a correr. Los adeptos de la secta son legión. Infestan los paseos marítimos y los caminos de los parques, avanzando a pasitos cortos y pacíficos, con un gesto apabullantemente serio. Parece que la imaginación del Homo sedentarius no da para más.

Que nadie malinterprete este artículo: hacer carrera continua es probablemente mejor que no hacer nada (y no siempre), pero ¿es lo mejor que podemos hacer?



AERÓBICO VS ANAERÓBICO. ¡LO ANAERÓBICO TAMBIÉN ES "CARDIO"!

Antes de meternos más en materia, será de ayuda que repasemos la diferencia entre los modos metabólicos aeróbico y anaeróbico. La frontera entre ambos a veces no está muy clara, pero sí representan modos extremos en los que puede funcionar el metabolismo humano para obtener ATP (adenosín trifosfato), la fuente de energía del cuerpo.

La ignorancia popular quiere que lo anaeróbico sea algo excluvisamente muscular y lo aeróbico algo exclusivamente respiratorio, cuando en realidad lo anaeróbico también representa una importante forma respiratoria, mientras que el aeróbico está también muy involucrado en el esfuerzo muscular. Debe quedar claro, por tanto, que lo anaeróbico también involucra un ejercicio cardiovascular crucial para la salud.

La misma palabra anaerobic significa "vivir sin aire". El modo anaeróbico, por tanto, representa una forma metabólica de obtener energía sin utilizar oxígeno. Los primeros seres vivos de la Tierra eran anaeróbicos y utilizaban la fermentación (no muy distinta a la fermentación de ácido láctico que tiene lugar en las fibras musculares humanas cuando escasea el oxígeno) o la respiración anaeróbica (un proceso que utiliza aceptores de electrones distintos del oxígeno). Sólo después de la aparición de las cianobacterias y de las plantas verdes empezó a sintetizarse oxígeno y liberarse en masa a la atmósfera, tras lo cual acabaron apareciendo organismos aeróbicos (que viven con aire).

Hay que tener en cuenta que el oxígeno es una sustancia muy agresiva para los tejidos orgánicos debido a la oxidación y degradación que conlleva, de modo que, en los seres vivos aeróbicos, la oxidación se produce de forma controlada en las mitocondrias, pequeñas centrales eléctricas del interior de las células. En el resto del cuerpo, son necesarios los antioxidantes para evitar que la oxidación degrade los tejidos, metabolismo y funciones vitales.

Los modos anaeróbicos de funcionamiento son dos. El anaeróbico aláctico es el primero que utiliza el cuerpo para esfuerzos inmediatos, explosivos, intensos y cortos. Se echa mano primero de las reservas de ATP del cuerpo, que no son muy grandes: unos 80-100 gramos grosso modo, que proporcionan la energía necesaria para esprintar 2 segundos. Agotadas estas reservas se emplea la hidrólisis de la fosfocreatina (PCr) para resintetizar de forma continua el ATP necesario para alimentar los esfuerzos musculares. Este modo metabólico dura lo que duren los depósitos de fosfocreatina del cuerpo (en el músculo esquelético hay 4-5 veces más fosfocreatina que ATP).

Cuando estos depósitos se agotan, cosa que sucede muy pronto (unos 20 segundos como orientación, pero puede variar mucho de invididuo a individuo según su preparación física anaeróbica), se pasa al modo aeróbico láctico (glucólisis anaeróbica). En éste, se emplea el glucógeno, la glucosa y el componente glicerol de los triglicéridos (tejido adiposo) como fuente de energía. Los entrenamientos en este modo metabólico generan una característica sensación de quemazón muscular y, a modo de desecho metabólico, producen abundante ácido láctico.

 Resulta muy interesante constatar que el cuerpo posee dos caminos energéticos para esfuerzos anaeróbicos furiosos y cortos, pero sólo un camino energético para esfuerzos aeróbicos débiles y prolongados. El hecho sugiere que, en nuestro pasado evolutivo, el camino aeróbico era un sistema totalmente secundario y de "apoyo" en lo que a esfuerzos físicos se refiere.

Un levantador de peso olímpico que levanta una gran carga va a estar funcionando en un modo anaeróbico aláctico, porque durante el tiempo que dura su ejercicio, al cuerpo no le da tiempo a acumular ácido láctico o lactato, sino que echa mano inmediatamente del ATP y de la fosfocreatina. Lo mismo reza para un saltador de longitud, un saltador de pértiga o un lanzador de peso. Sin embargo, un luchador de artes marciales que se pasa treinta "segundos locos" golpeando un saco con gran rapidez e intensidad, encadenando ataques sin cesar, va a estar funcionando en un modo predominantemente anaeróbico láctico. [1]

Es sólo después del fallo y agotamiento de estos dos caminos anaeróbicos que el cuerpo "cambia de marcha" más o menos gradualmente para entrar ya de lleno en el modo aeróbico (glucólisis aeróbica y fosforilación oxidativa), inyectando oxígeno en el metabolismo para quemar los macronutrientes: carbohidratos, proteínas y lípidos. El organismo detecta que el esfuerzo va a ser muy prolongado y que no puede mantener ese ritmo de desgaste sobre las reservas de glucógeno, de modo que escoge bajar la intensidad de consumo de estas reservas y sustituir el hueco con oxígeno extra y macronutrientes, para que las reservas de ATP muscular no caigan por debajo de niveles peligrosos. Azúcar en sangre, masa muscular, proteínas del hígado, glucosa del cerebro, algo de grasa… nadie se salva del incendio aeróbico indiscriminado. Asimismo, las fibras musculares de contracción rápida (tipos IIa y IIb) irán dejando paso a las de contracción lenta (tipo I). Es una estrategia de ahorro energético a cambio de degradar el rendimiento.

En las carreras de hasta aproximadamente 4 minutos (por ejemplo, una milla o 1,6 km), los atletas emplean eminentemente el modo anaeróbico. A partir de aquí el protagonismo empieza a pasar al aeróbico.

En la civilización moderna, el modo metabólico que más brilla por su ausencia es probablemente el anaeróbico láctico. Obviamente, no todas nuestras células o fibras musculares van a estar trabajando siempre en el mismo modo de forma homogénea, pero a grandes rasgos, va a predominar un modo u otro en función del entrenamiento que hagamos, de la distribución de tipos de fibras musculares (cosa que varía de persona en persona según la genética y su preparación física particular), etc.

De todo esto podemos desprender la lección de que es el sistema anaeróbico quien constituye realmente la base y los fundamentos de todo sistema aeróbico, no viceversa. Antes fue lo anaeróbico y solo después, con esos cimientos anaeróbicos, pudo aparecer el camino energético aeróbico. La vía interesante para el atleta evolutivo y funcional consiste en prolongar al máximo la ventana temporal en la que se emplea el modo anaeróbico, debido a que este modo permite una intensidad furiosa mucho mayor de lo que permite el aeróbico. El camino que se propone en este artículo es educar a nuestro cuerpo para optimizar el rendimiento de sus depósitos de ATP, fosfocreatina, glucógeno y precursores del glucógeno (grasas, azúcares, aminoácidos, etc.) y para eliminar más eficazmente los ácidos y otros metabolitos de desecho y toxinas producidos por el esfuerzo físico. El aeróbico quedaría reducido a un papel de mantenimiento de fondo, apoyando el funcionamiento de lo anaeróbico, no viceversa.

Un deportista runner normalmente tiene un sistema anaeróbico tan atrofiado e ineficaz que dimite enseguida, cediendo paso muy pronto al aeróbico —donde se encuentra más cómodo— a la primera de cambio. Pero en realidad es preferible ser capaz de correr una distancia en modo anaeróbico, ya que por un lado se correrá más rápidamente y por otro le estaremos ahorrando a nuestro cuerpo el trauma que supone la oxidación prolongada inherente al modo aeróbico, además de muchos otros factores que veremos en este artículo.



TIPOS DE FIBRAS MUSCULARES

Del mismo modo que las cuerdas de una guitarra o un piano son la base de su timbre, también el timbre de nuestro cuerpo, sus posibilidades, su rendimiento y su adaptación evolutiva, vienen dados por los patrones de distribución de los distintos tipos de fibras musculares.

Las fibras de tipo I son llamadas de contracción lenta o de oxidación lenta. Son de color rojo debido a altas concentraciones de mioglobina (pigmento respiratorio que almacena oxígeno junto a la hemoglobina de los glóbulos rojos), y están repletas de mitocondrias para llevar a cabo metabolismo oxidativo (aeróbico). Su tamaño es pequeño y no son sensibles a la hipertrofia, es decir, incluso cuando se las ejercita, su margen crecimiento muscular es muy reducido. Debido a ello, son resistentes a la fatiga, si bien no son capaces de desarrollar súbitas explosiones de fuerza. Los músculos con predominio de fibras tipo I suelen ser músculos posturales como los del cuello y la columna vertebral, adaptados a trabajar a baja intensidad durante mucho tiempo. Los maratonianos tienen gran proporción de fibras de tipo I en sus piernas.

Las fibras de tipo IIa caen en la categoría de fibras de contracción rápida y son llamadas a veces de oxidación glucolítica rápida. Se relacionan con el sistema anaeróbico láctico. En realidad son un híbrido intermedio entre las de tipo I y IIb, ya que tienen mioglobina y mitocondrias y son capaces de aunar el metabolismo anaeróbico y el anaeróbico. Si bien desarrollan más fuerza que las de tipo I, tienen menor resistencia y son más vulnerables a la fatiga.

Las fibras de tipo IIb representan el extremo de la contracción rápida. Llamadas a veces fibras glucolíticas rápidas, son blancas debido a la ausencia de mioglobina, y carecen prácticamente de mitocondrias. Su tamaño es grande y son muy sensibles a la hipertrofia. Emplean puramente la vía anaeróbica de tal modo que producen súbitamente enormes estallidos de fuerza, a cambio de fatigarse muy pronto, de modo que se relacionan especialmente con el sistema anaeróbico aláctico. Reveladoramente, estas fibras suelen encontrarse en mayor proporción en los brazos, sugiriendo un pasado evolutivo que favoreció los esfuerzos eléctricos nerviosos cortos y repentinos en esta zona corporal, casi con toda seguridad para otorgar ventaja en el manejo y lanzamiento de armas blancas.

La clasificación de fibras musculares representa un poco el fetichismo que padece el hombre moderno en su necesidad de ponerle etiquetas a todo. En realidad, no existen tres tipos claramente definidos de fibras, sino más bien un gradiente de fibras más rojas y aeróbicas a fibras más blancas y anaeróbicas. La distribución de estas fibras por proporción y por zona corporal viene dada por dos factores:

• Genética. Las distintas razas humanas originarias estaban plenamente adaptadas a entornos determinados, que exigían distribuciones musculares determinadas. Los negros de ascendencia bantú (africana occidental) tienen una gran proporción de fibras tipo II en las piernas. Teniendo los gemelos más subidos, el centro de gravedad más bajo y los brazos más largos, sugiere una raza particularmente adaptada a desarrollar velocidad en tramos cortos. Por regla general, los blancos suelen tener en sus piernas mayor proporción de fibras de tipo I, que suponen menos gasto metabólico (ventaja en climas fríos). Asimismo, los blancos tienen los gemelos más bajos, indicando mayor adaptación a la marcha, a la natación y a estar mucho tiempo en pie. Por regla general, los blancos son mejores lanzadores y levantadores de peso, así como trepadores y gimnastas, indicando predominio de fibras IIb en ciertas zonas del tren superior. La vida civilizada en general tiende a favorecer que el predominio de fibras de tipo I se salga de madre muy por encima de su proporción deseable.

• Entrenamiento. Mediante el entrenamiento, somos capaces de transformar el tipo de fibra que predomina en determinadas zonas de nuestro cuerpo. Las fibras más difíciles de desarrollar son las de tipo IIb.

Las fibras de tipo I son fáciles de activar en cualquier esfuerzo cotidiano de baja intensidad, incluyendo la carrera continua, la bicicleta, bicicleta estática, elíptica, caminar, mantenerse de pie, etc. Sin embargo para activar las fibras de tipo IIa y IIb, se necesitan esfuerzos de gran intensidad y brusquedad, que la mayor parte de la población (en las sociedades civilizadas modernas) no realizan nunca o casi nunca.






ENTRENAMIENTO EVOLUTIVO: ¿PARA QUÉ ESTAMOS DISEÑADOS?

Pues obviamente, el Homo sapiens está diseñado por la Naturaleza como cazador-recolector, pero esto en sí no nos dice nada. Tanto un bosquimano del suroeste de África como un saami del norte de Escandinavia pueden ser cazadores-recolectores, pero sus cuerpos, metabolismos y cultura no tienen nada que ver, ya que ocurre que no todos los cazadores-recolectores son iguales. Existen claros condicionantes genéticos, climatológicos, territoriales y, en suma, evolutivos. Sin embargo, pongamos una serie de pruebas para aquilatar la versatilidad evolutiva de un deportista:

- Trepar una cuerda de 7 metros.
- Reptar 100 metros.
- Superar varios obstáculos de naturaleza diversa (muros, fosos, vallas, etc.).
- Salto de altura.
- Caer una altura de 3 metros y aterrizar sin lesionarse.
- Salto de longitud.
- Aguantar todo el tiempo posible dando golpes con un tomahawk.
- Aguantar todo el tiempo posible en una posición de lanza extendida.
- Nadar 200 metros.
- Escapar nadando de una zona de rápidos y remolinos.
- Bucear 25 metros.
- Aguantar la respiración bajo el agua durante 2 minutos.
- Subir una colina cargando con un compañero herido.
- Caminar 10 km cargando con un compañero herido.
- Arrastrar un jabalí abatido 200 metros.
- Tensar un arco muy duro.
- Atraer físicamente al sexo opuesto.
- Satisfacer sexualmente al sexo opuesto.
- Lanzar una piedra y una lanza lo más lejos posible.
- Cargar contra un muro de escudos y empujarlo con varios compañeros más.
- Soportar el impacto de un rival que choca con intención de derribar o desplazar.
- Matar a un rival en un combate cuerpo a cuerpo.
- Huir de un perro de presa.
- Matar al perro de presa con un cuchillo.
- Perseguir a una presa.
- Aguantar aferrado a lomos de un herbívoro salvaje y encabritado.
- Someter a un carnero.
- Aguantar colgado de una rama el mayor tiempo posible.
- Cortar leña.

¿Quién sacaría la mejor puntuación, un fondista o un esprinteador? ¿Esto nos dice algo acerca de qué tipo de entrenamiento es más deseable bajo un punto de vista evolutivo?

Un cazador-recolector europeo no tenía ninguna razón evolutiva ni de supervivencia para correr maratones, aunque probablemente caminaba muchísimo y era experto en luchar, reptar, saltar, trepar, el lanzamiento de jabalina y de piedra y el manejo de la lanza, el tomahawk, el cuchillo, la maza, el arco y el escudo, con cadenas cinéticas neuromusculares especialmente preparadas para el agarre y el manejo fluido de las armas blancas. El análisis de los esqueletos paleolíticos ha revelado que sus cuadros de lesiones eran los propios de un moderno jinete de rodeo estadounidense o un jugador de fútbol americano: gente que se acerca a una distancia "muy personal" de animales salvajes, grandes y peligrosos (incluyendo humanos), y realiza y sufre movimientos rápidos y de gran violencia. Con todo respeto hacia el sacrificio de un atleta y hacia el espíritu de sufrimiento de los grandes corredores de fondo: en las necesidades de la vida real, la maratón era una rareza, la excepción que confirmaba la regla.

En los tiempos primitivos, la forma de lucha probablemente tenía menos que ver con el muay thai y el boxeo, y más que ver con el grappling y la lucha libre. En la naturaleza, los hervíboros son los que golpean. Los carnívoros muerden, agarran, desgarran, envuelven, someten, aprietan. A un mamífero grande y desbocado no se le puede reducir a golpes, se le asfixia, atenaza o presiona en puntos particularmente vulnerables. Puesto que los hombres del Paleolítico eran también como animales, la lucha cuerpo a cuerpo probablemente tenía más que ver con agarres y sumisiones que con puñetazos. El mismo manejo de las armas blancas fortalece la pinza de la mano hasta convertirla en una herramienta capaz de desgarrar y atenazar con gran eficacia. Algo de esto llegó a la mitología griega, donde diversas bestias (el Minotauro, el león de Heracles) eran reducidas generalmente por llaves de asfixia. Incluso en nuestra época, los combates de boxeo a menudo terminan en cuerpo a cuerpo y conatos de grappling cuando ambos contrincantes están exhaustos. De no ser por el árbitro, que suele separar a los contrincantes cuando se acercan demasiado, el boxeo tendría que incluir lucha cuerpo a cuerpo.

 Ni el ser humano, ni prácticamente ningún animal, está adaptado evolutivamente a la carrera de fondo, y si nuestros antepasados hubieran estado adaptados a correr maratones, su tasa de supervivencia hubiera sido mucho menor. Sin desmerecer el espíritu de sacrificio y sufrimiento de estos atletas, es un camino equivocado.

La Revolución Neolítica inauguró una era de esfuerzos repetitivos con un rango de movimiento muy limitado, pero las necesidades de la seguridad y de la guerra seguían exigiendo también hombres adiestrados en esfuerzos físicos propios del Paleolítico. El Neolítico no vio la extinción de la lanza o del tomahawk, pero su empleo empezó a ser patrimonio de castas especializadas en la guerra, mientras otras clases sociales se especializaban en labores manuales repetitivas, monótonas y alienantes, destinadas a soportar el peso de una casta minoritaria que aspiraba a vivir sin realizar trabajo físico alguno. Bajo este peso, arquearon los lumbares los primeros campesinos mientras segaban cereales con una hoz en algún lugar del actual Israel. Las Siete Plagas de Egipto irrumpen en el registro fósil en forma de enfermedades degenerativas, hasta entonces prácticamente desconocidas. Los ejercicios aeróbicos repetitivos, machacones y prolongados representan en la evolución humana lo que la dieta cerealista en comparación con la anterior dieta paleolítica o paleodieta.

La maratón nació en Grecia para dar la noticia de la victoria en una batalla contra los persas. El primer maratoniano murió agotado en cuanto cumplió su misión. Los deportes practicados por los griegos eran la caza, el lanzamiento de disco y de jabalina, la lucha grecorromana, el boxeo, el pancracio, el remo, el salto y el sprint. Para ser ciudadano ateniense había que superar una serie de pruebas físicas, ninguna de las cuales era carrera de fondo. Las gestas de los remeros atenienses no han sido igualadas actualmente ni por los remeros olímpicos modernos.

Los legionarios romanos no practicaban la carrera continua, sino el lanzamiento de disco y de jabalina, el boxeo y la lucha grecorromana. Marchaban muchos kilómetros con peso a sus espaldas y manejaban la lanza, la espada y el escudo. Sus contrincantes germanos, que llegaron a infligirles tremendas derrotas, eran descritos por Tácito como esprinteadores —preparados para darlo todo en unos pocos minutos furiosos, al igual que los celtas. Los vikingos, que tuvieron un enorme éxito militar, naval y comercial en la Edad Media, no eran corredores de fondo. Su ejercicio consistía principalmente en practicar con diversas armas blancas, soportar impactos en el escudo, remar, nadar, arrastrar y acarrear pesca, y trepar por los velámenes de sus barcos. Los caballeros de la Edad Media no practicaban la carrera continua. Sus entrenamientos estaban basados sobre todo en la equitación (incluyendo el aguante de posturas bajas y flexionadas), la lanza, la espada, el escudo, la caza, el puñal y una forma de combate cuerpo a cuerpo y de suelo comparable al grappling moderno, con proyecciones, luxaciones, derribos, placajes y el protagonismo estelar del puñal. En la guerra real, en tiempo récord se pasaba del caballo al suelo, de la lanza a la espada y de la espada a la daga. Los escudos heráldicos, con animales en posturas humanas de combate, hacen pensar que se conocían por aquel entonces, al igual que en el Lejano Oriente, los entrenamientos basados en la forma de caminar y de combatir de los animales. Los campesinos, si bien no entrenaban a este nivel, mantenían su potencia física con danzas tradicionales que, antaño, tenían posturas mucho más bajas y flexionadas que hoy en día.

 Ni los legionarios romanos, ni los vikingos, ni los tercios españoles, ni los cosacos, ni ninguna de las hordas históricas cambiadoras del mundo se basaron en la carrera continua ni en el cardio crónico, sino que son recordadas por gestas que llevaron a cabo en modo anaeróbico láctico.

Los almogávares españoles, temiblemente efectivos en la guerra, en ningún momento se dedicaron a practicar cardio crónico, sino que estaban especializados en chocar con ejércitos enemigos y matar caballos y hombres. En la época en la que España dominaba los campos de batalla de Europa, no tenemos noticias de que los Tercios "saliesen a correr". Su principal instrumento era la pica, y su entrenamiento físico se basaba en la escuela de esgrima de Toledo o Verdadera Destreza, con movimientos rápidos y violentos, fulminantes quiebros y cambios de dirección, puñaladas traidoras con la izquierda, saltos y posturas corporales bajas y flexionadas que permitían a las piernas dispararse como un muelle en tensión. En 1553, el médico español Cristóbal Méndez publicó el "Libro del exercicio corporal y sus provechos". En su tratado, se otorga gran importancia al entrenamiento con armas y caballos para la salud de los jóvenes, así como a aprender de los animales a la hora de conservar la salud y la fuerza. De nuevo, el Chronic Cardio Syndrome brilla por su ausencia.


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NOTAS

[1] El entrenamiento que aparece en este vídeo es claramente anaeróbico (nótese la máscara de entrenamiento de altitud, que restringe drásticamente el aire), representa una magnífica preparación física "real y evolutiva" y está completamente fuera del alcance de un runner o maratoniano. El salto de comba de principio del vídeo es prácticamente el único ejercicio aeróbico que se hace, en el resto del vídeo predomina lo anaeróbico láctico, con momentos puntuales de aláctico, y con el aeróbico funcionando constantemente, a baja intensidad y en segundo plano.

[2] http://usacac.army.mil/cac2/cgsc/carl/download/csipubs/APRT_WhitfieldEast.pdf

[3] El lado tanto positivo como negativo es que involucra movimientos musculares fluidos y sin impactos, de modo que pocos nadadores están fibrosos o tienen una vascularidad tan fuerte que las venas de sus hombros estén a flor de piel.